Por ley natural, intentaron comprobar los positivistas, unas razas son superiores a otras. Por rareza del ecosistema hay clases de personas que están predestinadas a no ser. Por capricho de la naturaleza los negros no nacieron monos. Por voluntad de la sangre, los indígenas carecen de albedrío y de razón. Por error de la biosfera y de las braguetas se crearon y criaron los gauchos y los mestizos. Por falla genética los pobres siempre tienen hambre. Por el sólo hecho de ser quienes son, algunos individuos están biológicamente predeterminados a delinquir.
A fines del siglo XIX y principios del siglo pasado, el auge del positivismo trajo sus consecuencias: como elemento funcional a las clases dominantes, la elite encontró su base filosófica y natural para perpetuarse en el poder económico y político y para justificar su posición frente a los carenciados; como patrón valorativo de la situación geográfica de la raza blanca, fue el instrumento conceptual que permitió decir que el desierto era desierto porque ahí no había civilización, sino barbarie; como parámetro criminológico empírico, es la mano que alza un aparato llamado peligrosímetro que mide el potencial riesgo al que está sometido la sociedad ante determinada clase de personas; como fundamentalismo ideológico, durante el nazismo sirvió de cuchillo y de gas, de bala y misil, de pala y de pozo, en la carnicería del Holocausto.
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A fines del siglo XIX y principios del siglo pasado, el auge del positivismo trajo sus consecuencias: como elemento funcional a las clases dominantes, la elite encontró su base filosófica y natural para perpetuarse en el poder económico y político y para justificar su posición frente a los carenciados; como patrón valorativo de la situación geográfica de la raza blanca, fue el instrumento conceptual que permitió decir que el desierto era desierto porque ahí no había civilización, sino barbarie; como parámetro criminológico empírico, es la mano que alza un aparato llamado peligrosímetro que mide el potencial riesgo al que está sometido la sociedad ante determinada clase de personas; como fundamentalismo ideológico, durante el nazismo sirvió de cuchillo y de gas, de bala y misil, de pala y de pozo, en la carnicería del Holocausto.
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Destinados a ser objetos, muchas personas murieron a manos de quienes tenían el don de ser sujetos, sentencia divina de todo aquél que hiciera su ofrenda a algún dios para que éste les limpie la piel del estigma de su color. Extraídos del África como mercadería, muertos en América junto a los indios nativos como producto vencido, los negros existían para ser esclavos y morían para escapar de su lugar en la nada. Por la blasfemia de ser parte de la tierra que los parió, pacha agraciada y desgraciada de plata, oro y diamantes, envuelta en rarezas y riquezas vegetales, y por competir con Dios en su herejía del politeísmo, y por creer en el sacrilegio de sus creencias, está en la esencia de los indios ser inferiores. Años después, los mismos que impusieron su cultura en el mundo descubrieron que los cromosomas traen consigo la información del bien y del mal: la lucha por la supervivencia y la ley del más fuerte está en las arterias: inadaptados son lo pobres, por no tener la carga genética de los ricos, que por su aptitud viven a costa de los marginados. Inadaptados son los anarquistas y socialistas, que luchan contra el sistema que buenamente imponen los acaudalados y no aceptan la herencia de ser eternamente los explotados. Por locura, no se adaptan a la cordura de entender que el régimen vive a costa de los que el régimen mata.