viernes, 14 de septiembre de 2007
Córdoba: voto a voto, verso a verso.
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martes, 4 de septiembre de 2007
Bolivia: ¿Intentan avivar una guerra civil?
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martes, 28 de agosto de 2007
Tras las huellas del Neo-positivismo (Séptima parte: la niñez en situación irregular)
Destacable es la vaguedad de la ley de patronato –derogada el año pasado- que contenía disposiciones con interpretaciones tan amplias como la omnipotencia de los jueces al disponer qué es lo que se entiende por menor abandonado o en peligro: esto es, incitación de actos perjudiciales a su salud física y mental; vagabundeo; frecuentar a gente de mal vivir o a gente viciosa; o ejecutar empleos perjudiciales para la moral o la salud. A su vez, también decía que la patria potestad se pierde por dar el padre o la madre a los hijos consejos inmorales. Bajo el manto de la legalidad formal, se esconde un complejo de elucidaciones y disquisiciones que pueden llevar a una ilegalidad no declarada. Resalto que la ley hablaba de la moral y la salud, dejando abierta las puertas de las vastas deducciones, frutos de una ley que mucho grita y nada dice. En cuanto a los consejos inmorales, bien le deben haber servido estas sabias palabras, ilustradísimas, a los regímenes militares para incluir en sus interpretaciones a la nefasta Doctrina de la Seguridad Nacional (sorprendentemente esta doctrina aún hoy está incluida en el artículo 13.2.b de la Convención de los Derechos del Niño como límite a la libertad de expresión). Incluso esta norma llegó al absurdo de sostener el riesgo al que está sometida la sociedad ante un niño canillita: está en peligro moral -y por lo tanto es peligroso-quien vende periódicos, sentenciaba con laureles el régimen del patronato del menor.
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[1] Hay un descubrimiento de la infancia si es que se compara las distintas “imágenes de la infancia”. Ver nota 8.
[2] Trisciuzzi, Leonardo y Cambi Franco, citando a Iván Illich, en La infancia en la sociedad moderna. Del descubrimiento a la desaparición, Ed. Riunite, Roma.
[3] Bisig, Elinor, en la Condición Jurídica de la infancia en América Latina: nuevos paradigmas, Capítulo V: La declaración del estado de abandono. Fundamento y funciones, UNICEF Argentina, pág. 181.
[4] Emilio García Méndez, Infancia y ciudadanía en América Latina, en Opúsculos de derecho penal y criminología, Editorial Marcos Lerner, pág 19.
[6] La ley Agote (10.903) establecía en su Art. 21: “se entenderá por abandono material o moral o peligro moral, la incitación por los padres, tutores o guardadores a la ejecución por el menor de actos perjudiciales a su salud física o moral, la mendicidad o la vagancia por parte del menor, su frecuencia a sitios inmorales o de juego, o con ladrones o con gente viciosa o de mal vivir, o que no habiendo cumplido 18 años de edad, vendan periódicos, publicaciones, u objetos de cualquier naturaleza que fueren, en las calles o en lugares públicos o cuando en estos sitios ejerzan oficios lejos de la vigilancia de sus padres o guardadores o cuando sean ocupados en oficios o empleos perjudiciales a la moral o a la salud”.
[7] Término utilizado por Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, para paliar la crisis social con violencia policial “preventiva”. Esta receta fue vendida al mundo entero y hoy es utilizada para invadir países.
[9] Conforme a Elinor Bisig, op. cit., pág 185.
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domingo, 19 de agosto de 2007
Tras las huellas del Neo-positivismo (Sexta parte: el positivismo ante el delito)
Empleando las leyes de la naturaleza en la sociedad, los positivistas sotienen: son delincuentes los que no son –del verbo “ser”-. El conflicto social es una enfermedad de una clase social, una patología de los que traen desde el nacimiento la brutalidad en las venas, un mal de los que vienen genéticamente alterados y predispuestos a ser en toda su vida un objeto peligroso para una sociedad igual o más peligrosa que el sospechoso al que apunta con los dedos de la medicina social.
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La pena debe ser vista como una medida de seguridad por tiempo indeterminado, pues la condena depende de las características del imputado y no del hecho cometido. Se los castigan por lo que son, no por lo que hacen. No se trata de retribuir, sino de readaptar a los socializables y excluir a los irrecuperables.
Pero la finalidad de la pena era también, y tal vez más que la readaptación, defender a la sociedad del peligro al que está sometido ante un delincuente. Excluir para defendernos. El criminal es un enfermo; es enfermedad que afecta al órgano social y debe ser alejado de él, como quien cura una fiebre, como quien mata un virus, como quien extirpa una muela cariada. Más peligroso, más pena.
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La escuela clásica permitía la inimputabilidad, pues en ciertos casos no hay libre albedrío, por lo que no hay comprensión del acto que se realiza. El defensismo social critica esta postura, porque hay casos fronterizos donde “se devuelven en el seno de la sociedad individuos que ya han puesto de manifiesto su temibilidad, seres peligrosos que disfrutan de todos los derechos sin contraer los deberes primordiales que la vida en sociedad impone: el respeto a la persona y a la vida”[1].
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miércoles, 15 de agosto de 2007
Tras las huellas del Neo-positivismo (Continuación Quinta parte: el positivismo en primera persona).
Las clases dominantes, que escribieron la Historia, proponían su mandato divino, su superioridad racial, su corona y su garrote, y así lo hicieron. Las voces mudas, las que la Historia intentó olvidar, son las que no fueron escritas, pero lucharon para ser escuchadas.
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domingo, 5 de agosto de 2007
Tras las huellas del Neo-positivismo (Quinta parte: el positivismo en primera persona).
La situación social en Argentina, y en toda América, indicaba que ocho de cada diez obreros o artesanos eran extranjeros y entre ellos había socialistas y anarquistas. No había jornada laboral. No había domingos. Y unos entendidos en ciencias humanas descubrían que la holgazanería era la madre de todo vicio. Al tanto, José Winiger responde que está próxima la hora del socialismo en el mundo. Las huelgas estallan. Fue entonces cuando hombres de toga, pluma o sotana clamaron por la expulsión de los extranjeros enemigos del orden. Miguel Cané (1851-1905), abogado sarmientista, preparará un proyecto de ley para echar a los agitadores foráneos.
Sarmiento (1811-1888) admiraba lo de afuera: su Europa, su Norteamérica, porque eso era civilización. Lo nuestro, lo original, era barbarie, era escoria, era basura. Un hombre oscuro que fue claro al dar el concepto de lo que él entendía por “pueblo”: “Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante”. Los otros, los nadies, nada se merecían. Eran lo que eran, y por eso no tenían derecho a ser. Más bien, merecían la muerte: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos". (Carta de Sarmiento a Mitre: 20/09/1861). Fiel a su darwinismo social, los pobres se merecían ser pobres, y por pobres debían morir: "Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos?. Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer". (Del discurso en el Senado de la Provincia de Buenos Aires, 13/09/1859). Los indios tenían el gran problema de haber nacido en una tierra que, por leyes ajenas, ya no era suya, por lo que también deberían ser masacrados: "¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar (…) Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". (El Progreso, 27/09/1844; El Nacional, 19/05/1887); Es “preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse" (Carta a Mitre de 1872).
Profesor de pocos, ilustrado en el arte de aniquilar, sabedor de doctrinas extranjeras, admiró la mirada inglesa, pretendió tener la cultura inglesa, quiso que Argentina fuese inglesa: “La invasión de las Malvinas por parte de los ingleses es útil para la civilización y el progreso" (El Progreso, 28/12/1842), al tanto que lamentó que fracasaran las Invasiones Inglesas en la Argentina continental. Adicto al francés, escribió en ese idioma en una piedra de los Andes: ¡Barbares, on ne tue pas les idées!, que traducido quiere decir: ¡Bárbaros, las ideas no se matan!, pero nunca lo puso en español.
Alberdi, que pensaba en sus Bases que ni aun educando cien años a un gaucho o a un cholo lograremos siquiera un obrero inglés, impulsó una Constitución que hacía eco del lenguaje darwinista que invadía a la sociedad antisocial. Los constituyentes de 1853 reconocían la superioridad racial de los europeos –“especie” a la que ellos idolatraban-. Es así que, a instancias de Alberdi, se debía reemplazar a los argentinos por las razas viriles[2]. Cuidando el uso de las palabras, el Art. 21 aún hoy establece que el Gobierno fomentará la inmigración europea. La razón, en esos tiempos, era que ellos vengan a civilizar a los americanos. Nada decía nuestra carta magna, sino hasta la reforma de la constitución en 1994[3], acerca de los “otros” inmigrantes. No vaya a ser que lleguen muchedumbres bolivianas, paraguayas, asiáticas o africanas. Es así que a principios del siglo XX, esta verdad natural salió a la luz mediante la ley de residencia y otras leyes inmigratorias, que prohibían la entrada al país a vagos, pobres, chinos, anarquistas, y demás personas que habían nacido con la cualidad de simplemente no ser.
En Bolivia, donde la mayoría es indígena, Gabriel René Moreno (1836-1909) concluía, a principios del siglo XX, que el cerebro de los aborígenes y de los mestizos de su país era celularmente incapaz. Alcides Arguedas (1879-1946), becado en París por Simón Patiño, eterno dueño y ladrón del estaño de Bolivia, coincide con Moreno: los mestizos heredan lo peor de las peores razas. Es un hecho de la zoología más que de la biología: la pobreza del pueblo proviene de su propia naturaleza y no del robo dantesco de los recursos andinos que realizan los grandes empresarios.
Mientras tanto, en EEUU, entre 1911 y 1930, se aprobaban en 24 estados leyes de esterilización dirigidas a diversos “inadaptados” sociales: retrasados mentales, criminales y enfermos mentales. Se restringió también el matrimonio entre miembros de varias razas. Pero el triunfo clave del movimiento eugenésico se produjo en 1924, cuando una coalición de eugenicistas y algunas grandes empresas presionaron para conseguir la aprobación de la Ley de Johnson, que limitaba de forma muy importante la inmigración hacia Estados Unidos de los países mediterráneos y de Europa oriental. Los eugenicistas afirmaron que estos inmigrantes eran inferiores a los anglosajones y que estaban contaminando la raza americana pura. Theodore Roosevelt, quien imponía que EEUU debía ejercer el poder de policía sobre toda América Latina, exaltaba las virtudes de las razas fuertes, nacidas para dominar, y sentenció que no hay mejor indio que el indio muerto.
[1] Según Gallegos, los europeos que llegaron tenían serias insuficiencias físicas, morales y psíquicas. Citado por Lucila Larrandart en Desarrollo de los Tribunales de Menores en Argentina: 1920/1983.
[2] José María Rosa, Nos, los representantes del pueblo, pág. 333.
[3] La nueva Constitución le otorga al Poder Legislativo de la Nación, en su Art. 75 inc. 19 párr. 2, la potestad de proveer (…) al poblamiento de su territorio.
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martes, 31 de julio de 2007
Tras las huellas del Neo-positivismo (Cuarta parte: Las voces)
Los sabios hablaban[2]: Immanuel Kant, quién pensó para existir, dijo que los indios eran incapaces de civilización y que están destinados al exterminio; Voltaire sentenciaba que los negros son inferiores a los europeos, pero superiores a los monos; David Hume entendía que el negro puede desarrollar ciertas habilidades propias de las personas, como el loro consigue hablar algunas palabras; Auguste Comte creía en la superioridad de la raza blanca y en la perpetua infancia de la mujer; Herbert Spencer sostenía que el Estado no debía interferir en el proceso de selección natural, que da el poder a los hombres más fuertes y mejor dotados; José Hernández, en boca de Martín Fierro, poetizaba: el indio es indio y no quiere / apiar de su condición / ha nacido indio ladrón / y como indio ladrón muere; Alberdi, padre de nuestra –in-Constitución, pensaba que ni aun educando cien años a un gaucho o a un cholo lograremos siquiera un obrero inglés; Sarmiento, educador de elites, sentía una invencible repugnancia por los salvajes de América y creía que se los debía exterminar sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado; para José Ingenieros, los negros, seres simiescos, piltrafas de carne humana, merecían la esclavitud por motivos de realidad puramente biológica; a Jorge Luis Borges le resultaba evidente la esterilidad cultural de los negros –por lo que son inferiores-, también señalaba que el pueblo argentino es imbécil, que se han merecido la matanza los indios, los gauchos y los vietnamitas, y añadió además, en plena dictadura militar, que el libre albedrío y la libertad son ilusiones necesarias.
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